Culiacán, Sinaloa.— La primera nota no irrumpió: se deslizó. Como si siempre hubiera estado ahí. Bajo la luz tibia del Paseo del Ángel, la guitarra de Humberto Solano abrió camino y la percusión de Berna Galindo marcó el pulso de una noche que no buscaba espectáculo, sino encuentro.
El concierto, titulado Entre letras, cuerdas y maderas, fue menos una presentación y más una conversación compartida. Las canciones no llegaron como piezas aisladas, sino como fragmentos de vida reconocibles. El marido de la peluquera, de Pedro Guerra, y Las cartas sobre la mesa, de Raúl Ornelas, encontraron eco en un público que no permaneció en silencio: escuchó con el cuerpo, con la memoria.
Diez años después de iniciar su camino juntos, el dueto sinaloense arribó al ‘Miércoles de concierto’, que opera la Dirección de Cultura de la Universidad Autónoma de Sinaloa, y mostró que la madurez artística no se mide en volumen, sino en profundidad. Sin más recurso que la madera de la guitarra y la piel de la percusión, construyeron una atmósfera donde la música recuperó su forma más esencial: la de un puente.

Berna Galindo, un artista de la percusión.
Cuando sonaron Agua, de Jarabe de Palo, y Mil horas, de Andrés Calamaro, las voces se multiplicaron entre las mesas y el corredor dejó de ser un lugar de paso. Fue territorio compartido. La trova de Joaquín Sabina terminó de cerrar el círculo, como si cada verso confirmara que algunas canciones no envejecen, se quedan a vivir.
Al final, lo verdaderamente importante fue la certeza de que en medio del ruido cotidiano, aún hay espacio para detenerse, escuchar y permanecer.